Un balotaje marcado por la historia
El reciente balotaje entre Keiko Fujimori, representante de Fuerza Popular, y Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, ha puesto de manifiesto una tendencia preocupante en la política peruana: la creciente polarización y el voto dividido. Este evento, que se llevó a cabo ayer, es el octavo en la historia electoral del país y refleja un patrón que ha ido evolucionando desde 1985.
A lo largo de los años, las diferencias en votos entre los candidatos han disminuido drásticamente. En 1990, Alberto Fujimori ganó su primera elección con una ventaja de más de 1,8 millones de votos sobre Mario Vargas Llosa. Sin embargo, en las últimas elecciones, como las del 2016 y 2021, las diferencias se han reducido a márgenes mínimos; por ejemplo, Pedro Pablo Kuczynski superó a Keiko Fujimori por solo 41.057 votos.
A pesar de las derrotas sufridas por Keiko Fujimori en tres ocasiones anteriores, su partido sigue siendo uno de los más organizados y sólidos del país. Según el politólogo Paulo Vilca, esto se debe a que el fujimorismo no solo representa un legado familiar sino también un proyecto político con una estructura sólida que le permite mantenerse relevante en un entorno caótico.
No obstante, existe una fuerte resistencia hacia el fujimorismo que trasciende ideologías políticas. El sociólogo Danilo Gago señala que este sentimiento no es exclusivo de la izquierda ni está limitado a regiones específicas; es un fenómeno transversal que afecta a diversos sectores sociales. La analista política Mabel Huertas añade que muchos votantes no están eligiendo a favor de un candidato sino más bien en contra de otro.
En esta era digital, las campañas electorales se ven influenciadas por la rápida difusión de información —y desinformación— a través de redes sociales. Los insultos y ataques personales han aumentado significativamente, lo cual contribuye aún más a la polarización del electorado. Esto plantea interrogantes sobre cómo estas dinámicas afectarán futuras elecciones.
A medida que Perú avanza hacia nuevas elecciones y enfrenta desafíos políticos internos, queda claro que la desconfianza hacia los líderes políticos persiste. Desde 2011, los votos en blanco y viciados no han superado el 6.5%, lo cual indica una falta generalizada de confianza entre los ciudadanos hacia sus representantes. Esta situación plantea un desafío crucial para todos los actores políticos involucrados.


